
Recuerdo que siendo niño, con unos 9 años de antes, en una tarde cualquiera estaba escuchando mientras jugaba en la casa en la que viví muchos años en Santa Brígida, a mi padre hablando de algo más importante que lo cotidiano con mi hermana en el salón-comedor de mi casa, que en aquella época era una estancia especial y poco vivida. El salón era el espacio más grande y amplio dedicado mayormente y casi en exclusiva a las visitas importantes y escasas que recibíamos. Una habitación para los que podían venir y además así por contra las visitas no entraban en el resto de la casa que era para nosotros.
La mayor parte del tiempo se pasaba en la cocina y alrededor de la mesa donde se hablaba de todo y se disfrutaba de las conversaciones familiares rivalizando con el cuarto de la TV donde también pasábamos horas viendo los que “nos daban” sin opciones a cambios porque veíamos la Uno o la Dos.
La radio o el transistor también tenía su espacio y su audiencia en la cocina conviviendo con la charla diaria y si era con diferencia un complemento versátil con movilidad natural porque se podía mover fácilmente de una habitación a otra acompañando a la rutina diaria para terminar muchas veces a última hora en el dormitorio paterno-materno hasta su regreso a su sitio natural en la mañana siguiente volviendo otra vez a la cocina: El ciclo de la vida.
Yo escuchaba a mi hermana charlando con mi padre aquel día hablando de lo que yo en aquellos dulces años podía entender como una conversación sobre moverse, con dudas, esfuerzo, metas, distancias y no sé qué más porque sólo tenía esa edad de 9 años de antes. Yo les oía hablar entrecortadamente cuando me tocaba pasar jugando y corriendo por el pasillo (todas las casas tenían pasillo) y por delante de la puerta de ese salón reservado para lo importante.
Mi padre me llamó en un momento a su lado y me preguntó directamente ¿que carrera quieres hacer tú? como hermano menor y benjamín de la casa cuando me hiciera mayor. Contestando a mi padre de forma espontánea, según mis capacidades naturales y sin entrenamiento mi respuesta fue sincera y sorprendente para mi padre y mi hermana: “Yo si tengo que hacer una carrera mejor que no sea muy larga porque no corro mucho”. Mi padre me repreguntó “¿cuánto de larga?” para entenderme mejor y seguir con mi tema y mi respuesta fue bastante clara de nuevo “Papá, yo creo que hasta Tafira o algo así, más lejos no”
La sonrisa de ambos terminó aquel episodio inesperado sobre movilidad pero mi padre y mi hermana hablaban del futuro y no de sitios ni de distancias y yo estaba en lo mío como casi siempre y como ahora con muchos años más.
Esta historia me sirve para hablar de la nueva movilidad como la entendemos ahora, del teletrabajo, del trabajo desplazado, distribuido y de este fenómeno con muchos nombres que ya venía andando hace tiempo para algunos más avanzados que venían predicando pero que ahora si ha empezado su carrera para convertirse uno de los signos más evidentes y abiertos en brecha de la transformación digital y de los cambios forzados que estamos viviendo y que viviremos y aceptaremos como mejor que lo anterior.
Llevo semanas oyendo hablar de teletrabajo, de ventajas, de oportunidades y de cierta libertad añadida mucho tiempo después de que Adán y Eva (siendo inclusivo) nos destinarán figuradamente a trabajar durante toda nuestra existencia para poder vivir con el sudor de nuestra frente y además fuera del paraíso.
Me parece una gran oportunidad pensar y apostar porque Canarias seamos el sitio perfecto para los nómadas digitales. Canarias es el salón de los que vienen a vernos y a trabajar aquí por elección y también les dejamos disfrutar de toda la casa. También nosotros podemos disfrutar de nuestro salón y del resto de nuestra tierra y también podemos elegir estar en casa o fuera, o en el salón o en la casa de otros lugares para trabajar y vivir o para en sentido inverso poder vivir y trabajar donde más o menos libremente decidamos.
Sin embargo la palabra nómada siendo tan evocadora del futuro y tan vital (de pura vida) para lo que estamos hablando me parece algo triste. Las tribus nómadas se movían, y quedan todavía pueblos nómadas, por necesidad y no por elección, seguían al ganado y a su comida, también al cambio de las estaciones o se desplazaban porque eran perseguidos. Si ser nómada significa no tener arraigo y sentirse obligado a moverse por la necesidad de comer no me gusta ese significado cerrado.
SI quiero ser nómada, si esa carrera (no hasta Tafira sino hasta donde nos lleve el alma) se hace por las ganas de respirar, de renovarse y de buscar el mejor sitio para hacerlo y para trabajar y vivir a la vez.
Somos o podemos ser el mejor destino para los nómadas digitales, somos acogedores y compartimos casa y salón con los que vienen a estar con nosotros. Las estancias de estos trabajadores avanzados y especializados nos enriquecen y nos pueden enseñar el camino a los cambios que necesitamos hacer. Nosotros como ventaja no tenemos ni siquiera que salir de Canarias para disfrutar de todo lo que tenemos para poder trabajar en otros sitios desde aquí.
De todas las tribus nómadas no digitales que conozco y que tenemos más cerca hoy me quedo con los Tuareg, entre ellos se llaman los Imushag, que en su idioma significa “los libres”.
Hasta el próximo post.
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